Censo en blanco y negro

Parece que la cacareada era post-racial tan publicitada por los simpatizantes de Barack Obama aún está muy lejos de llegar. Ni el presidente parece convencido. O al menos eso se desprende después de haber rellenado su propio formulario del Censo 2010.

Una simple “equis” le ha bastado a Obama para hacer una declaración política de principios. En la casilla de “a qué raza pertenece”, el inquilino de la Casa Blanca ha marcado “negra o africana-americana”, convirtiendo este acto de descripción en algo fundamentalmente subjetivo.

En lugar de haber marcado dos casillas – la de raza blanca y la de raza negra- el hijo de una mujer caucásica de Kansas y un hombre negro de Kenia ha decidido hacer pública su lealtad al grupo minoritario que le ve como su primer presidente.

Y eso que el Censo se lo había puesto fácil, no sólo permitiendo la elección de más de un apartado, sino también ofreciendo la posibilidad de “otra raza”, algo que sin duda muchos elegirán mareados por los cánones raciales estadounidenses, o simplemente por rebeldía ante unas fronteras que queramos o no sigue imponiendo el hombre de raza blanca europea.

Es la de “otra raza” la casilla que marcarán muchos hispanos, que siguen sin querer acoplarse –por unas razones o por otras- al sistema tradicional estadounidense, y que prefieren recurrir a sus identidades nacionales a la hora de describirse.

Ya nadie duda que el Censo 2010 –si concluye con éxito- dará unos resultados nunca vistos, mostrando la radiografía de un país donde las líneas étnicas y raciales son cada vez más difusas.

De ahí que muchos tengan miedo a una reforma migratoria que legitime en estas tierras a nuevos grupos que amenazan -según aquellos que añoran un país que murió hace décadas- una “América” más simple, donde todo se ve desde la tranquilidad del blanco y negro.

Y el presidente les sigue el juego. Porque mientras la nación va camino de un futuro de tonos marrones, Obama ha optado por regresar al pasado para definirse a sí mismo.

Ironías de la vida

Prendo el televisor y creo ver una imagen de archivo, del pasado.

Pero no es así. Es viernes 26 de marzo de 2010, y ahí estás, a punto de tomar la palabra ante cientos de electores, mientras la multitud aclama a la mujer que tienes por delante y que se dispone a presentarte.

Sabes que la mayoría no ha venido a verte a ti. No han venido por tus décadas de trabajo en el Senado de Washington, ni por tus dos intentos de convertirte en presidente del país, ni por tu servicio a la patria como héroe de guerra, víctima de la tortura enemiga. Esta vez no eres tú el protagonista, John McCain. Al revés. Vienen a verla a ella.

No es que tú no tengas culpa. Caíste fagocitado por ese monstruo electoral que tú mismo creaste en el verano de 2008, una jugada sorpresa de último minuto con la que intentabas contrarrestar la fuerza del carismático oponente que al final te ganó la partida.

Y ahora ella, Sarah Palin, ex-gobernadora, liberada de sus responsabilidades ejecutivas, viene a lanzarte un chaleco salvavidas para que no te ahogues en la marea anti-sistema que promete arrasar no sólo con los demócratas, sino también con los republicanos de toda la vida como tú.

Recurres a uno de los peores errores de tu carrera -el de elegirla como compañera de fórmula y crear un fenómeno mediático sin sustancia política- para que te ayude en tu momento más complicado, cuando podrías perder la candidatura republicana al Senado por Arizona.

Desafortunadamente, la vida política se ha convertido en un “reality show” de mala calidad, donde una política de corta carrera y escasa preparación tiene más tirón que un consagrado senador como tú.

Ella, de frases simples, y a menudo sin sentido, se ha convertido en musa de un movimiento ultraconservador bañado en eslóganes simplistas y conceptos ideológicos distorsionados.

Y tú, que siempre te caracterizaste por tu independencia y espíritu bipartidista, por tu valiente disposición a enfrentar los problemas más complejos, terminas convertido en una caricatura más cuando el país te necesita como nunca.

McCain, no traiciones tus principios. Ya lo intentaste una vez. Y perdiste.

Reforma arrojadiza

(Columna publicada en el blog cuartopoder)

Este martes Barack Obama no sólo firmaba un documento histórico que tantos predecesores soñaron, pilar que siempre le faltó a esta sociedad tan envidiada; no sólo facilitaba el acceso a la sanidad a los más desfavorecidos de este país y terminaba con los abusos de una industria de seguros médicos que mangonea por los pasillos del Capitolio de Washington a golpe de talonario; con su rúbrica, el presidente americano ponía fin a una sangrienta batalla y daba comienzo a otra, la electoral, que este noviembre podría terminar con suficientes bajas demócratas como para dejarle en minoría en las dos cámaras del Congreso.

Ya tuvimos un aperitivo el domingo por la noche en la Cámara de Representantes. Antes de producirse la votación electrónica del documento que dos días después llegaría a la mesa presidencial, los republicanos habían solicitado, sin éxito, que el voto se realizara llamando por su nombre a los congresistas, uno a uno, para que en voz alta pronunciaran un sí o un no. Con esto pretendían recoger en video lo que luego utilizan en anuncios televisivos de campaña personalizados donde demonizan al contrario.

Los republicanos han perdido por el momento la complicada partida de ajedrez legislativa. Pero no se dan por vencidos y planean arrastrar el debate hasta noviembre. Ya están presentando en el Senado absurdas enmiendas al proyecto (entre ellas, que se niegue el acceso a la “viagra” a los convictos por delitos sexuales). Quieren poner en jaque a los demócratas y dejarlos en evidencia, ya que los de Obama están obligados a desestimar todos estos cambios, para no provocar, como dictaría el reglamento, una nueva votación en la Cámara de Representantes y volver a la casilla de salida.

Eso sí, la partida que se juega en la calle, aún está por decidir. Llevamos un año de trampas, mentiras y acusaciones absurdas de uno y otro lado, que han generado turbas de ideologías postizas de todo-a-cien adoradas por unos medios de comunicación que necesitan cualquier tipo de relleno para alimentar la bestia informativa de 24 ininterrumpidas horas de noticias.

Obama cuenta con la ventaja de que los detalles más populares de su ley entrarán en vigor inmediatamente, y los más espinosos, serán implementados de manera gradual, de aquí al 2014. Con esto espera recuperar sus ahora pobres índices de popularidad.

Sin embargo, los republicanos están poniendo toda la carne en el asador, aun se achicharren. Capitaneados por los pontífices desinformadores del canal de televisión Fox News, disputan la constitucionalidad de la nueva ley. Dicen que va contra el texto sagrado el obligar a los ciudadanos a adquirir una póliza de seguro médico. “La libertad murió un poquito hoy”, sentenció el domingo una congresista republicana (que, obviamente, cuenta con un generoso plan médico proporcionado por su empleador, el “diabólico” gobierno federal).

Histriónicos locutores llaman a la multitud a sublevarse y utilizan irresponsablmente el miedo para lograr índices de audiencia que engorden sus cuentas corrientes. Se convierten en la caja de resonancia de una narrativa peligrosa en la que Obama es un tirano de origen musulmán empeñado en destruir el alma de este país (quiere, dicen, convertirlo en una nación socialista a la europea). Y por si no fuera suficiente, él y sus aliados demócratas son una pandilla de asesinos de niños.

Y es que cuando uno se queda sin argumentos, siempre viene bien resucitar viejos debates maniqueos, como el del aborto. Éste no es sólo fácil de entender para un público de atención distraída y formación dudosa, sino que encima te puede proporcionar el apoyo de unas cuantas mitras. Mientras las monjas y los hospitales católicos daban el visto bueno a la nueva ley, los obispos católicos de Estados Unidos se alineaban con el partido republicano, oponiéndose a la reforma por discrepancias con la letra pequeña en este tema (ignoro cómo encuentra tiempo la jerarquía católica para meterse en estos jaleos teniendo la casa patas arriba con los escándalos de abuso sexual a menores que ya alcanzan a la jefatura vaticana).

La reforma de salud, dicen los demagogos, no sólo utilizará dinero de contribuyentes para pagar abortos; también ofrecerá asistencia sanitaria a (casi) todos, convirtiendo los Estados Unidos en una nación basada no en el mérito, sino en derechos fabricados por el gobierno federal.

Estos demagogos son los mismos que piden el regreso a las raíces cristianas, y que no me cabe la menor duda hubieran tachado a Jesús de Nazaret de malvado socialista. Simplemente porque aquel predicador y activista comunitario sanaba a los enfermos y, para colmo, lo hacía gratis.

El uno y el otro

(El veredicto electoral terminó siendo favorable para José Peralta, en la foto; Hiram Monserrate no logró recuperar su escaño en el Senado Estatal de NY).
No fue fácil sentarlos en la misma mesa. Nunca lo fue. Sus más que frecuentes desacuerdos imposibilitaban cualquier cara a cara, y sólo aceptaban a compartir programa si antes habían escenificado una pública reconciliación. El viernes era su tercera aparición conjunta en los casi cinco años de historia de Pura Política. Y como era de esperar, José Peralta y Hiram Monserrate no decepcionaron.
El ambiente era tenso, y antes de que las cámaras comenzaran a grabar ambos candidatos parecían estar de acuerdo en una sola cosa: respirar aliviados cuando les informé que en esta ocasión no utilizaría videos con fragmentos de entrevistas anteriores. Es una técnica que no me he inventado yo -¡ya me gustaría!-, bien efectiva cuando se quieren destacar los demasiado frecuentes lapsos de memoria que afectan a más de un político. Nunca pensé que los “videítos” (como más de un invitado los ha calificado de manera despectiva) causaran tanto temor. Bueno sí, lo comprobé hace unos meses, cuando un funcionario electo que no nombraré aquí se negó a aceptar nuestras continuas invitaciones para una entrevista como represalia a una última en la que un par de “videítos” le puso en un aprieto.
Monserrate y Peralta, dos políticos diferentes, dos estilos diferentes. Uno hizo carrera retando las estructuras tradicionales de poder partidista, cultivando la imagen de rebelde; el otro, más convencional, optó por las rutas tradicionales para lograr sus objetivos. Sus estrategias políticas volvieron a seguir ese guión durante el debate del viernes. Monserrate atacó duramente, sabiéndose improbable ganador; Peralta se esforzó en pisar terreno seguro, sin arriesgar su condición de favorito. Y como decía una popular presentadora de televisión hace muchos años, en un país muy lejano, “hasta ahí puedo leer”.
Siento decepcionar a todo aquél que esperara mi veredicto en este duelo electoral.  No es que no tenga opinión, no. La tengo. Pero me la guardo. Si hay algo difícil en mi labor diaria es mantener la apariencia de objetividad que permite que el invitado se sienta justamente tratado, a pesar de la dureza de muchas de las preguntas.
Así que, para todos aquellos que desde el viernes me vienen preguntando “¿quién ganó?”, ahí va mi respuesta: sea cual sea el resultado de los comicios de este martes (y escribo estas líneas antes de que cierren los centros de votación), Queens tiene Peralta y Monserrate para rato.  Eso me quedó claro.

La reforma que no llega

Recuerdo como una señora latina en Queens me dijo en otoño de 2008 que había que apoyar al entonces candidato presidencial Barack Obama porque “era hijo de un inmigrante”. Muchos como ella pensaban que con él en la Casa Blanca los indocumentados contarían con un aliado. No sé yo si ya cambiaron de opinión.

Aquellos que esperaban un gobierno más amable sólo tienen que mirar el informe 2009 del Departamento de Seguridad Nacional, donde la secretaria Janet Napolitano se enorgullece de haber superado la meta establecida en número de deportaciones en más de 40 mil. En el primer año de gobierno Obama, las autoridades expulsaron del país a 100 mil personas más que en 2008.

Además, si bien muchos esperaban que 2010 fuera el año de comienzo del debate migratorio, la única frase referida al tema que el presidente pronunció en su discurso sobre el Estado de la Nación en enero fue más de lo mismo: arreglar un sistema roto, fortalecer las fronteras, hacer cumplir la ley y aquellos que sigan las reglas, ayudarles a que puedan contribuir.

Tampoco es que se pueda hacer mucho en estos momentos. Los demócratas se han quemado con la reforma del sistema de salud, y no quieren repetir la experiencia con un tema tan polémico como el de regularizar a millones de trabajadores extranjeros. Menos aún cuando el país agoniza con un desempleo de casi un 10 por ciento. Los indocumentados van a tener que seguir esperando un clima económico, social y electoral más favorable.

Mientras tanto, el Censo 2010 es la mejor herramienta para todos. Me lo decía la semana pasada José Serrano. Permanecer invisible perjudicará económicamente a los lugares en los que vivimos. Según el veterano congresista hay personas que “prefieren quizá que haya menos inmigrantes en el país indocumentados, pero no son anti-inmigrantes. Si en esas comunidades se pierden fondos federales porque el hispano no se contó, entonces ya hay bronca, ya hay razón por la cual estar molesto con esta persona, porque no es solamente que estás en mi comunidad, ahora me costaste dinero a mí”.

Más que nunca se necesitan aliados. Comencemos con el vecino.

Huele a rancio

Entrevista de 23 de octubre de 2009

Nada más mirar los huevos con bacon y papas de Sylvia’s ya sé que me van a producir indigestión. La grasa brilla en el crujiente y retorcido tocino, los huevos fritos desprenden aceite del malo. Ni toco la montaña compacta de papas. El brunch del legendario restaurante de Harlem ya no es más que pura fritanga.

En uno de los saloncitos, junto a la barra, el Reverendo Al Sharpton acaba de dirigirse brevemente a la prensa, rodeado de un grupo de políticos demócratas afroamericanos y latinos. También ha venido el contralor municipal John Liu. Mientras esperábamos afuera, junto a la puerta corrediza del salón, un colega ha bromeado señalando el parecido del entorno a una funeraria. Parece que le han oído, porque cuando finalmente nos han dejado entrar, se han apretujado todos ante las cámaras, sobrios, serios, efigies adosadas a las oscuras paredes, como si velaran el cadáver político de uno de los suyos, David Paterson. “La gente no debería ponerse a bailar en las tumbas de otros”, dice luego el asambleísta Keith Wright. Y es que hace unas horas ha pasado lo que ha pasado: el gobernador ha cedido a las presiones y ha abandonado su campaña para conseguir un mandato completo.

A la salida del restaurante, ninguno quiere admitir la sensación de alivio. Son cómplices de la caída de Paterson. Temían salir perjudicados si éste lideraba la papeleta electoral demócrata. Lo que parecen ignorar, por el momento, es que el remedio podría ser peor que la enfermedad. Por mucho que repitan como papagayos que van a colaborar con él durante los trescientos y pico días que le restan en el cargo, la renuncia es inmediata.

No se dan cuenta que el destino del primer gobernador afroamericano del Estado de Nueva York va irremediablemente ligado al suyo. Al día siguiente The New York Times escribe no sólo un panegírico del vice-gobernador Richard Ravitch, sino también el obituario político de la generación que creció a la sombra de Dinkins, Sutton, Paterson padre y Rangel (quien entra y sale de la reunión del sábado sin hacer declaraciones a la prensa, sabiendo que su propia cabeza está a punto de ser cortada en el Capitolio de Washington).

A costa de Paterson se han dado hoy un banquete. No saben todavía la indigestión que les espera.

Más que serlo, parecerlo

Me molesta la obsesión que tienen en este país con calentar el asiento en la oficina, la manía de tener que pasar en el lugar de trabajo el mayor tiempo de horas posible, aunque no se esté haciendo nada. Con nuestra mera presencia irradiamos la percepción de solemne productividad.

Por eso me hace gracia -o más bien, me indigna- que The New York Times crucificara al gobernador David Paterson el otro día por, supuestamente, no cumplir con las sagradas ocho horas de jornada laboral entre las paredes de su oficina. Paterson no sólo sufre de baja popularidad, escasos fondos de campaña, pocos y malos amigos, sino que encima ahora resulta que es un vago.

Añadámosle la potente e injusta campaña de rumores no confirmados que le machacan desde que asumiera el cargo en 2008, tras la renuncia, por escándalo sexual -y legal- de su predecesor.

Parece que la prensa generalista ya decidió que el próximo gobernador del Estado de Nueva York será Andrew Cuomo, quien hasta el momento no ha hecho públicas sus ambiciones al cargo que un día ocupara su padre. No hace falta que nadie vaya a votar, insinúan algunos diarios, como ya hicieran en noviembre pasado durante la contienda a la Alcaldía. (Luego el menospreciado Bill Thompson perdió por un puñado de votos).

A pesar de lo que cuentan otros, Paterson tuvo un digno lanzamiento oficial de campaña en la Universidad de Hofstra el sábado. No sé yo cuánto tienen que gritar los simpatizantes para que los medios dejen de calificarlos de “apagados”. Y sus colegas demócratas en Albany no es que no quisieran acompañarle en el anuncio, es que ni siquiera fueron invitados. Sabiéndose improbable ganador, quiere jugar la carta del “outsider”, en un momento de crisis poco favorable para los candidatos que representan al “establishment”.

Y mientras tanto, la prensa se dedica a encumbrar las hazañas justicieras del candidato en la sombra Cuomo, que desde su oficina de fiscal emite comunicados con frases como “el momento de cambiar la cultura de Albany hace mucho que llegó”.

Me suena a aquello de “El primer día todo cambia” que decía otro “sheriff fiscal” hace casi cuatro años. Luego pasó lo que pasó.

Aquí y allí

“Los americanos son unos racistas con los negros”. La de veces que habré escuchado yo esa frase de boca de algún europeo que se cree experto en sociología de Estados Unidos después de haber visto unas cuantas películas de Hollywood. Tan ocupados están mirando hacia este lado del Atlántico, que se olvidan de lo que pasa en su casa.
 
Botón de muestra, París. Allí, el hombre negro continúa siendo sospechoso. Por mucho que lleve décadas viviendo -y naciendo- en suelo francés, pude comprobar el otro día que su entrada en un restaurante causa alarma entre los camareros; su cercanía en un vagón del metro, disimulada desconfianza.
 
Con su vecino norteafricano, es parte fundamental del motor de crecimiento europeo. Su joven mano de obra proporciona estabilidad a un difícilmente sostenible sistema de pensiones de jubilación. Y aún así, lucha diariamente, sin mucho éxito hasta el momento, por hacerse un hueco en la rígida sociedad europea.
 
Ironía chocante, por tanto, el póster de Barack Obama, que aún adorna más de una pared parisina. Ese hijo de africano, de segundo nombre Hussein, continúa siendo adorado, no sólo por los habitantes del viejo continente, sino también por su clase política, dispuesta a dar cualquier cosa por hacerse una foto con él, como si un apretón de manos con este inquilino de la Casa Blanca transfiriera poderes sobrenaturales.
 
Diría que al hombre negro en Europa se le tiene tanto miedo como al “mexicano” en Estados Unidos. Y pongo mexicano entre comillas porque es el término que el anglosajón medio usa para describir a todo aquél que hable español y venga de cualquier país al sur del Río Grande.  Aquí y allí, ambos generan crisis de identidad en la población que intenta aferrarse a un pasado que se esfumó hace largo tiempo.
 
Y es que el tren del futuro viene de la periferia cargado de la nueva clase obrera de tez oscura, mientras que el Occidente clásico, casi inmaculado, de repente se da cuenta de que ha vivido de espaldas al nuevo vecino.

Un mundo raro

Pongo el nombre de un importante político en la casilla de búsqueda de Twitter, y me paso la noche del domingo en ese portal, actualizando de manera enfermiza la cascada desbordante de mensajes que se generan. Se repiten unos a otros, machacando un escandaloso rumor retro-alimentado por un par de blogs que citan a una fuente anónima. El volumen de comentarios basados en el rumor es tal, que la principal agencia de noticias del país se ve obligada a emitir una nota al respecto al final de la noche, que ni confirma ni desmiente la supuesta información.

Conclusión: dos horas de mi vida perdidas, leyendo mensajitos de menos de 140 caracteres, escritos por usuarios de nombre raro y credibilidad dudosa, que no dicen ni aportan nada. Desde que abriera una cuenta de Twitter hace un año (@JuanMaBenitez), temeroso de quedarme atrás en la cambiante industria del periodismo, he intentado tomarle gusto y buscarle utilidad en mi labor de reportero. No he tenido éxito.

“Estamos en la era de la desinformación”, me dice mi admirado colega Gerson Borrero. Qué razón tiene. Ideas, comentarios, opiniones, noticias y rumores conviven hoy caóticamente gracias a los avances tecnológicos que han creado un sinnúmero de cauces informativos y han convertido a cualquiera con un teléfono celular en respetado reportero de noticias.

El resultado es un mundo de ideas de 140 caracteres donde no hay cabida para la reflexión. El déficit de atención general obliga a estos mensajes cortos, cuya efectividad radica en ocasiones en su nivel de disparate.

Se trata del mismo mundo en el que Sarah Palin –si me permiten utilizar su ejemplo- apuñaló una complicada reforma de salud con el retorcido concepto engañoso de “paneles de la muerte”, donde tiene mayor valor político -y económico- la labor de comentarista que la de gobernar un estado.

Me atrevo a predecir que Palin tendrá un éxitoso futuro televisivo, que no político. Y que Twitter terminará fagocitado por el mismo caos tecno-informativo del que ahora se alimenta.

Y si me equivoco, va siendo hora de que me vaya buscando otro oficio.

¡No va más!

De pequeño me enseñaron que uno no se gasta lo que no tiene. Ahora de mayor no paso apuros, aunque sé que nunca me haré rico. Para eso, dicen, tendría que arriesgar, pedir prestado e invertir. No sería una buena decisión, sabiendo que yo pierdo hasta jugando al Monopoly. 

Mejores dotes le deseo al presidente, que presentó un presupuesto preliminar para el próximo año fiscal que bate todo los récords de deuda y que podría condenar a este país a la ruina. O no.

No pretendo quitarle el puesto a mi colega Xavier Serbia, que de finanzas sabe algo más que yo, pero según opinan economistas respetados la única manera de salir del hoyo es seguir jugando a la ruleta con dinero prestado. Y no en pequeñas cantidades.

La cifra del gasto marea, y lleva adosados tantos ceros que les confieso no saber leerla. Si nadie quiere contratar, invertir o arriesgar, dicen los expertos, al gobierno parece no quedarle otra que gastar lo que no tiene.

La práctica no se la inventó Obama. George W. Bush no sólo rompió la alcancía estadounidense, sino que comenzó a importarlas de China, cada vez más grandes, para financiar dudosas políticas que desembocaron en la mayor crisis económica y  fiscal de los últimos tiempos. El déficit se volvió apabullante.

Todo esto, según le recordaba Obama a los republicanos durante su discurso del Estado de la Nación, “resultado de no pagar por dos guerras, dos recortes de impuestos y un caro programa de medicinas recetadas”.

Un año después de perder la Casa Blanca, los republicanos acusan al presidente de irresponsabilidad fiscal.  Quieren que rebaje los impuestos y que equilibre el presupuesto; “voy a tener que echarle un vistazo a sus matemáticas”, les respondía Obama en una genial sesión de preguntas y respuestas el pasado viernes, inédita a este lado del Atlántico, y más propia del Parlamento Británico.

Y mientras tanto, los miembros de su propio partido salen corriendo, temerosos de perder una mayoría en Washington que nunca aprovecharon. Dejan sólo al presidente ante la mesa de apuestas. Esperemos que salga su número porque se está jugando nuestro dinero, y el de nuestros hijos y nietos.

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